Por Marta Martínez Puerta, Learning & Development Manager
Hace unos días participé en un workshop sobre empoderamiento y desarrollo del liderazgo femenino con la intención de obtener nuevas herramientas para seguir creciendo profesionalmente. Pero salí con algo mucho más valioso: una invitación a cuestionarme, seguir aprendiendo y evolucionar.
¿Cuántas veces las mujeres nos quedamos esperando el momento perfecto para dar un paso al frente? Nos boicoteamos antes de empezar. Nos exigimos más de lo que exigimos a los demás. Nos medimos con una vara que muchas veces ni siquiera hemos construido nosotras mismas. Confundimos prudencia con miedo, exigencia con excelencia, y preparación con perfección.
Como psicóloga, sé que las creencias que construimos sobre nosotras mismas influyen enormemente en cómo interpretamos nuestros logros, nuestros errores y nuestra capacidad para afrontar nuevos retos. Como profesional de Formación y Desarrollo, veo cada día que la capacidad y el talento rara vez son el problema. Y como mujer, reconozco perfectamente esa voz que nos susurra que no estamos listas, que no somos suficiente, que somos unas impostoras.
¿Y si la duda no fuera el problema?
Uno de los conceptos que más resonó en mí fue el Síndrome de la Impostora. Esa sensación que nos lleva a pensar que si dudamos es porque no sabemos suficiente, que si sentimos incertidumbre es porque aún no estamos preparadas, que si no tenemos todas las respuestas, es porque no valemos.
Pero es justo lo contrario: la duda forma parte del crecimiento.
No se trata de callar a la impostora, sino de abrazarla. Dejemos de gastar energía luchando contra ella y reconozcamos que puede aparecer cuando asumimos nuevos retos. Reconozcámosla como parte natural del proceso de aprendizaje y entendamos que no nos invalida.
Porque liderar no consiste en no tener dudas, sino en no dejar que éstas definan nuestros límites.
La empatía como superpoder
Otro aprendizaje que me llevé fue una mirada diferente a la empatía.
A menudo pensamos que empatizar es ponernos en el lugar de otra persona. Para mí, ahora tiene más que ver con reconocer y entender que existen realidades distintas a la nuestra, escuchar sin juzgar y acompañar sin asumir que conocemos mejor a la otra persona que ella misma.
Como líderes estamos llamados a acompañar, a escuchar, a conectar y a crear espacios donde las personas puedan encontrar sus propias respuestas. Porque cuanto mejor entendemos las diferentes realidades que conviven en nuestros equipos, mejores decisiones tomamos y más fuertes son las conexiones que construimos.
El verdadero liderazgo
Si algo me llevo de esta experiencia, es que el liderazgo femenino no consiste en encajar en un modelo predefinido ni en perseguir una versión perfecta de nosotras mismas. Consiste en empezar a actuar desde el autoconocimiento, en cuestionar nuestras creencias, reconocer los sesgos que condicionan nuestra forma de ver el mundo, abrazar nuestras dudas y comprometernos con un proceso continuo de conocimiento, aprendizaje y crecimiento.
Porque quizá el futuro no necesita mujeres líderes sin dudas. Quizá necesita mujeres que entiendan que la incertidumbre forma parte del camino y que, aun así, decidan avanzar, transformándola en impulso.
Menos límites. Más nosotras.


