Por María Carolina Rivas Salazar, Head of Process design & Improvement
A menudo nos venden el «alto rendimiento» como una carrera desenfrenada contra el reloj, un maratón de productividad vacía donde gana quien acumula más logros o produce más rápido. Sin embargo, durante el workshop impartido por Núria Soler, “Alto rendimiento en la vida personal y profesional”, descubrí que habíamos despojado a esa frase de su verdadera alma.
Para entenderlo, basta con mirar la raíz etimológica de ambas palabras. Alto proviene del latín Altus, que no significa simplemente estar arriba en una estructura competitiva, sino aquello que ha crecido, madurado o se ha desarrollado en profundidad. Por su parte, Rendimiento nos remite al latín Rendére, que significa devolver, restituir o entregar de vuelta lo recibido.
Por lo tanto, el Alto Rendimiento en su estado más puro no es rapidez, no es cantidad, ni es una meta en sí misma. Es el acto sagrado de hacer crecer algo en nuestro interior para luego devolverlo al entorno transformado, elevado y ampliado.
Partiendo de esa mirada, me pregunté: ¿Cómo puedo practicar yo el Alto Rendimiento en mi día a día?
1. El SER como brújula en tiempos de inmediatez
Vivimos inmersos en un mundo obsesionado con el Hacer y el Tener. Nos levantamos con listas interminables de tareas, exigidos por una competitividad implacable. Sin embargo, este encuentro me recordó que el SER es el verdadero punto de partida. Cuando tienes claro el SER, el Hacer fluye de manera natural y coherente.
Esta reflexión me conectó de inmediato con la lectura del libro de Viktor Frankl, El hombre en busca del sentido. En aquel contexto tan dramático como un campo de concentración, ante una misma situación atroz, cada ser humano actuaba de una manera completamente diferente. Aquello que sostenían en su SER —su propósito interno— definía sus acciones y su capacidad de trascender.
Relacioné esto profundamente con las palabras de la ponente sobre la importancia del Autoliderazgo. ¡Qué difícil es autoliderarse! Su complejidad radica en que exige la suficiente humildad para mirar de frente nuestras debilidades y aceptar nuestras “rarezas” y aquí la clave para mirarlas diferente: son precisamente esas rarezas las que constituyen nuestra singularidad (uniqueness) y nos hacen únicos.
Ocurre igual con los grandes deportistas y su capacidad de autoliderarse: a través de la disciplina, el esfuerzo, la voluntad, el sacrificio y la capacidad de aprender tanto del éxito como del fracaso, llegan hasta donde se proponen, porque para ellos cada una de esas palabras tiene un significado diferente, por ejemplo lo que para nosotros puede significar el sacrificio por levantarse a las 5:00 am a entrenar, para ellos vale la pena, porque saben que los acercará a lo que quieren lograr.
2. La ecuación del talento y el cambio de hábitos
Esa búsqueda del propósito me llevó al concepto acuñado por Simon Sinek en su libro La clave es el porqué (Start with Why), donde desarrolla su famosa teoría del Círculo Dorado (The Golden Circle). Sinek nos invita a preguntarnos el PARA QUÉ hacemos lo que hacemos. Durante el workshop, esa visión tomó forma a través de una ecuación fascinante:
Nos convencemos con frecuencia de que el talento es algo estático, una especie de suerte genética. Pero, como nos muestra Carol Dweck en sus investigaciones sobre la Mentalidad de Crecimiento, las habilidades se construyen. El Alto Rendimiento no es más que un entrenamiento constante, una rutina de pequeños cambios diarios que, con constancia, dan lugar a una gran transformación.
Para lograrlo, debemos abandonar definitivamente la postura del victimismo. Ser víctima implica excusarse en factores externos, culpando a la suerte, a la edad o al entorno. Pasar a la Responsabilidad no significa cargar con culpas, sino desarrollar la «habilidad de dar respuesta a lo que se pide de ti cuando se precisa».
Muchas de las frases compartidas en el taller resonaron profundamente en mí, no por ser totalmente desconocidas, sino por todo lo contrario: por su cotidianidad. Vivimos tan inmersos en ellas que terminamos ajenos a su fuerza, asumiendo erróneamente que “eso no es para mí” o que “eso es cuestión de suerte”. Nos separaremos del autoliderazgo mientras sigamos eludiendo la responsabilidad de entrenarnos.
3. Grandes maestros: El deporte y la naturaleza
Si queremos entender la responsabilidad y la transformación paciente, solo debemos observar dos grandes espejos:
- La Naturaleza: Cada planta nos muestra una evolución constante que no se puede acelerar a la fuerza. Pensemos en el bambú, que pasa años echando raíces en la oscuridad antes de brotar hacia el cielo. Desarrolla su para qué con paciencia hasta desplegar su verdadero potencial.
- El Deporte: Los atletas son grandes maestros del verdadero potencial humano. En el deporte vemos reflejada la grandeza de la superación, pero también una analogía perfecta de nuestras relaciones humanas en el trabajo y en la vida personal. Nuestras emociones, creencias y el ambiente en el que nos movemos definen cada una de nuestras acciones y moldean la forma en que reaccionamos ante los problemas.
4. El liderazgo como acto de servicio y los 3 pilares deportivos
En los entornos de trabajo, así como en nuestras relaciones personales, el liderazgo propio o hacia los demás demuestra una verdad ineludible: un equipo es el fiel reflejo de lo que su líder transmite.
A menudo nos paraliza el temor a delegar o el deseo de control. Olvidamos que el liderazgo no es una posición de poder, sino un acto de servicio. Todos, sin excepción, estamos llamados a liderar desde el lugar que nos corresponde. Avanzaríamos más rápido y con mayor impacto si aplicáramos los tres pilares deportivos presentados en la jornada:
- Enfoque en las relaciones: Entender que la clave del éxito colectivo está en la calidad de los vínculos que construimos.
- Confianza: Cultivar un entorno donde sea seguro ser vulnerable, admitir errores y pedir ayuda.
- Sentido de pertenencia: “Ponerse la camiseta”. Sentir el equipo, sudar la camiseta, celebrarla y también llorarla cuando sea necesario. Sabiendo que no siempre se gana, pero que cada “fracaso” es la mejor de las enseñanzas.
El compromiso del hacer con coherencia
Este workshop de Alto Rendimiento no pretendía cambiar la realidad por arte de magia, pero me recordó lo verdaderamente crucial: la importancia de hacer con coherencia, movidos por un propósito claro.
Me recordó que, desde nuestros espacios cotidianos —seamos líderes de grandes estructuras o gestionemos pequeños compromisos cotidianos—, tenemos la capacidad de generar un efecto dominó transformador en nuestras relaciones, nuestros sueños y nuestra misión de vida. En nuestro entorno laboral tenemos la oportunidad de asumir la responsabilidad de ser ese elemento transformador; ser el reflejo de lo que esperamos ver en los demás con nuestras propias actitudes, integrando el SER y el HACER, sin sentarnos a esperar a que el otro cambie para empezar a hacerlo nosotros.
Hoy la pelota está en nuestra cancha. ¿Qué pequeña acción diaria vas a empezar a entrenar hoy para convertirte en el reflejo de la transformación que quieres ver a tu alrededor?


